La Risa: Un juicio juguetón?

La risa, ¿remedio infalible para un mundo de matones?

En este ambiente de separación, confrontación, sectarismo y violencia en que vivimos, florece el matoneo (bullying). Las estadísticas muestran que en los Estados Unidos al menos un 70 por ciento de los niños han presenciado ese tipo de acoso en las escuelas y un 30 por ciento han sido víctimas, un número similar al reportado por el DANE en Colombia. En España el porcentaje es de solo 10 por ciento con variaciones por región. En Noruega se reporta un 13 por ciento. Pero este matoneo no se limita a la escuela. Se presenta en el trabajo, en la familia y últimamente en Internet.

El bullying es un acto de crueldad intencional para dominar a otro. Solo hasta el año 2014 el Centro de control de enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) definió oficialmente el bullying para el propósito de la investigación y el seguimiento de casos. El bullying se caracteriza por una conducta agresiva repetitiva y un desequilibrio de poder. Existe bullying directo e indirecto y se le divide en cuatro categorías: físico, verbal, relacional (como esfuerzos por dañar la reputación o relaciones del otro) y daño a la propiedad de la víctima. Con el mayor uso de los aparatos digitales, el ciberbullying se ha generalizado. Este ofrece la ventaja del anonimato para quien lo inicia y es difícil de detectar por parte de los padres y los maestros.

Las víctimas de bullying consideran el suicidio con una frecuencia de dos a nueve veces mayor que otros niños, según un estudio de la universidad de Yale.

Las consecuencias del bullying pueden ser devastadoras para un joven. En octubre del 2012, Amanda Michelle Todd, una quinceañera canadiense se suicidó después de producir un video donde compartía su desolación como víctima del ciberbullying. Fue un campanazo de alerta para el mundo entero que empezó a poner más atención.

Sin embargo, ¿dónde están los controles, las reformas, las leyes o el debate público sobre el tema? ¿Dónde está la consciencia pública que nos levanta colectivamente contra esta forma de abuso? Aunque somos más conscientes de que el problema existe, aunque se han propuesto soluciones, aunque se han emitido nuevas leyes, aún no se logra cambiar la cultura que favorece estas conductas.

No es un buen precedente que en los Estados Unidos se haya elegido presidente a un candidato que se ha caracterizado por estimular el prejuicio, la discriminación y la violencia durante sus campañas y presidencia con la aquiescencia de los medios de comunicación. Sus bravatas continuan siendo miedosas y frecuentes hasta el punto de queremos evadir las noticias y los análisis políticos de los medios, que nos dejan exhaustos, y preferimos escuchar a los comediantes que hacen circo con este personaje, con la ilusión de estar utilizando una forma menos estresante de enterarnos (pero sin el corazón apretado y los ojos llorosos) del manejo que se da a la problemática nacional e internacional.

El fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, consideraba el chiste una actividad lingüística del inconsciente[1]. El chiste por lo regular convierte a su sujeto en blanco sobre el que liberamos agresividad contenida. No nos digamos mentiras, el chiste, la comedia, constituyen con frecuencia otra herramienta de matoneo y aunque en ocasiones cumplan con la función de denunciar o de liberar tensión, no tienen una finalidad constructiva, no generan cambio. Los comediantes nos hacen reír a costa de aquella persona o tirano a los que se pintan como malos, ridículos o inapropiados. Y nosotros nos reímos en grupo y nos sentimos aliviados y no solo aceptamos este otro tipo de matoneo, sino que lo condonamos ¡incluso cuando se usa como crítica de los métodos de un matón! Algunos comediantes juegan un papel social de denuncia y crítica, pero a la vez corren el peligro de trivializar asuntos muy serios. El público se identifica con el comediante, y la risa permite liberar la tensión de nuestro propio enojo y canalizar agresividad; el chiste tiene pues también una función catártica. Lo triste es cuando la crítica, el juicio, la denuncia que hay detrás de los monólogos del showman, no se transforman en acción en busca de soluciones. Aunque puedan contribuir a crear consciencia, ayudan a perpetuar el statu quo. Alimentan el cinismo y la desesperanza cuando el mundo lo que más necesita es un optimismo (o un posibilismo, como diría la investigadora y autora Francesa Moore Lappé) que conlleve a la certeza de que conocemos las soluciones, de que éstas son posibles y todos podemos contribuir a ponerlas en acción.

Desafortunadamente, este mundo en el que vivimos adopta el bullying a todo nivel como un mecanismo protector, perpetuador de la cultura predominante. Las consecuencias del aislamiento, ridiculización y otras formas de acoso emocional, verbal y físico que caracterizan al llamado bullying, causan sufrimiento a las víctimas. Nada más opuesto a la creación de una cultura solidaria y al florecimiento de la compasión y el amor que una cultura que fomente el odio y el desprecio. La existencia del matoneo desde el nivel de la escuela primaria hasta el del presidente del país que se considera el más poderoso del mundo, son un síntoma de los males que padece la humanidad. Entonces, el bullying se extiende desde el nivel individual hasta las relaciones internacionales y se valida con la, aparentemente inocua, charada. Pero el mal que nos afecta no se va a curar a punta de risa. Un elemento positivo del chiste sería su potencial para generar vergüenza y cambiar el comportamiento, pero esto solo sucede en una persona que tenga consciencia de sí. Por otra parte, vale la pena preguntarse si en la medida en que los procederes que antes generaban vergüenza se vuelven comunes y aceptables y hasta graciosos (el comportamiento de un borracho en público, por ejemplo, o incluso la interpretación jocosa de una figura como la del presidente de los Estados Unidos en shows como Saturday Night Live[2]), esto permite, promueve o incluso incita a la imitación de esas conductas y en vez de tener una función crítica, la burla contribuye a la trivialización de un asunto muy serio.

[1] “El chiste es un juicio juguetón”, decía Ernst Kuno Berthold Fischer, filósofo, historiador y crítico del siglo XIX en quien basó Freud su trabajo de investigación sobre el tema.

[2] El actor Alex Baldwin se ha preguntado acertadamente si su impresión de Donald Trump hizo al presidente simpático para un público que debiera más bien ser crítico de sus acciones.

Dueños de este mundo globalizado

Por Silvia Casabianca

El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, fallecido a comienzos del 2017, se pronunció sobre la fragilidad de los vínculos entre humanos en tiempos de inseguridad, típica de este mundo constantemente cambiante y globalizado. En esta vida moderna caracterizada por su liquidez (fluidez) no existen vínculos permanentes, todos los acuerdos son temporales, decía Bauman, y el lazo que ate cualquier vínculo debe dejarse suficientemente suelto para que pueda
desamarrarse de nuevo, tan pronta y fácilmente como sea posible, si las circunstancias cambian.

La polarización creciente

Bauman fue uno de los ideólogos que alentaron el movimiento de oposición contra el G-20 con sus prolíficos escritos (60 libros) sobre el cambio constante: la variación en modas e intereses, de sueños y de miedos; cambios en las relaciones, en las identidades y en la economía global. El alertó sobre el poder de las corporaciones. Se refirió a la polarización creciente entre las élites y el resto de la población y al desinterés del público por el destino y situación de millares de personas que hoy viven en condiciones infrahumanas. Anticipó también cómo la disputa por el control de los mercados mundiales afectaría la suerte de las poblaciones e individuos más vulnerables.
Vale preguntar si nos hemos desensibilizado frente a las tragedias que suceden en otros rincones del mundo. ¿Dónde está nuestra empatía, nuestra solidaridad?

Bauman y otros opositores del G-20 han protestado ante el hecho de que un puñado de burócratas y de jefes de Estado se arroguen el derecho a tomar las decisiones sobre el destino de millones de seres humanos y, además, impongan coercitivamente dichas decisiones. En resumidas cuentas, se oponen a que el modelo patriarcal se extienda a las relaciones de poder a nivel mundial. El Grupo de los 20 (G-20) está constituido por los 19 países más ricos del mundo y la Unión Europea. Es un foro que plantea como su objetivo la consulta y colaboración entre países miembros y discute temas relacionados con el sistema financiero internacional, especialmente la relación entre países industrializados y economías emergentes, según dicen, para garantizar la estabilidad financiera internacional.
Aunque este grupo de ricas naciones se presenta como modelo de preocupación por el destino del mundo, el acceso al agua y la comida, el medio ambiente y la amenaza nuclear, los opositores del G-20 consideran que este no está precisamente movido por razones altruistas. Por el contrario, el G-20, dicen, se parece más bien a una congregación de depredadores complotando la repartición de la riqueza y el acceso a los recursos que todavía quedan en el mundo. No se trata de un grupo creado para escuchar a las naciones pobres ni para explorar sus necesidades únicas y no tiene entre sus objetivos el respetar su legado cultural o su idiosincrasia. Aunque se presenten como redentores y hablen extensamente del Acuerdo de París y la importancia de proteger el medioambiente y el planeta, la preocupación de fondo parece más bien
orientada a asegurar el control del mercado de las soluciones sostenibles cuando, dados los retos que presenta el consumo de combustibles fósiles en tiempos del calentamiento global, estas se conviertan inevitablemente en el gran negocio del siglo XXI.
Cuando las naciones del mundo se ven abocadas a competir por los recursos y el poder en lugar de ejercitar su prerrogativa soberana para desarrollar formas de vida basadas en la autodeterminación, la asociación voluntaria y la coexistencia pacífica, nadie gana. Ni siquiera ganan los países más poderosos de la tierra, declaran los opositores del G-20.

Los responsables
¿A qué, o a quiénes, debemos la crisis financiera, el calentamiento global, la violencia étnica, la crisis de los refugiados? ¿En manos de quién o mejor, de quiénes, está concentrado el poder en este planeta? ¿Y, cuáles son los verdaderos motivos que guían las acciones del Grupo de los 20 que pretende jugar el papel de redentor?
La competencia es a muerte por controlar los medios de comunicación y los recursos naturales. En este contexto la palabra democracia pierde contenido, pero gana en cambio terreno el populismo, porque hay que mantener la ilusión de que los gobernantes representan los intereses y la voz del pueblo y es necesario abanderar una libertad y una fraternidad que no existen.
Para Zygmunt Bauman, la libertad tiene un significado diferente al que comúnmente se le asigna. En su libro Freedom (Libertad), publicado en 1988 por la Universidad de Minnesota, el sociólogo considera que la libertad no existe como condición universal, sino que la sociedad moderna creó un concepto de libertad ligado al poder y al privilegio. Esto se evidenciaría en el hecho de que la libertad de unos se consigue a expensas de la falta de libertad de otros (caso del prisionero frente a los guardas, el trabajador frente a su patrón), los gobiernos se dan el lujo de otorgar o restringir libertades y, en un sistema donde prima el individualismo, la perspectiva del hombre cambia en cuanto a su responsabilidad para con sus semejantes y con su comunidad, con la colectividad y hacia sí mismo.
En este contexto, es la indignación empática, que nos hace desear que los culpables de este desastroso estado de cosas en el mundo paguen por las consecuencias de sus acciones.
Si no se respeta el derecho a la autodeterminación de los pueblos –irrespetarla es un gesto de agresión– existirá siempre un germen de indignación y aún, de violencia. Si no se promueve la coexistencia pacífica, la colaboración y la asociación voluntaria, no existirán empatía, compasión o solidaridad y ni siquiera verdadero progreso para nadie.

La disputa por el dominio de los recursos naturales en un mundo sobrepoblado genera guerras, invasiones e innumerables tragedias humanas. Basta observar el sufrimiento psicológico de los niños expuestos a los horrores de la guerra. O los miles de jovencitos reclutados para guerrear o forzados a cometer atentados suicidas. Los múltiples éxodos, el creciente número de refugiados, las condiciones en los campamentos donde se alojan, la escasez de recursos para quienes le
huyen a la guerra, son testimonio suficiente para corroborar que no vamos por el camino de la solidaridad; al contrario, transitamos por el camino equivocado.

La razón de nuestro enojo

Dr. Silvia Casabianca

Advertencia: hablo en primera persona.

Parto de la creencia de que cada uno de nosotros es único y que mis experiencias y conclusiones pueden no ser aplicables a los demás. La ventaja de hablar en primera persona es que no me da vergüenza revelar mi sombra. Quizás esto invite a otros, a veces, a juzgarme, y su juicio se basará en el hecho de que, además (o a pesar) de haber obtenido dos doctorados y de haber estudiado materialismo histórico y dialéctico, he practicado y enseñado también filosofías orientales que encuentro fascinantes y holísticas. Entre ellas, dos prácticas de medicina energética: una japonesa, llamada Reiki y otra china, llamada Chi Kung médico. Y he recorrido un camino que se puede llamar espiritual desde que tengo conciencia propia.

Predico que debiéramos amarnos los unos a los otros con la consciencia de que es imposible amar a un opresor y que la opresión es el principal obstáculo para la empatía y la compasión. Escribo sobre un Homo Amandi, un ser ideal hacia el que podemos evolucionar conscientemente, si no destruimos primero el planeta. Pero, entonces, ¿cómo explicar que no he logrado pulir mi lado “feo”?

Siendo humanos, no creo que logremos algún día abstraernos de la sociedad o aniquilar el ego. Ni siquiera creo que debamos deshacernos de él. El llamado ego (el de Freud o el de Lacan o el de uso cotidiano) juega un papel regulador de nuestra dimensión física. Si bien es cierto que nos causa muchos problemas, estamos a salvo cuando logramos habitar también ese aspecto nuestro que a veces conocemos como alma (no una que se salva y se va al cielo o el infierno, sino el alma entendida como ese aspecto luminoso en nosotros que logra sobreponerse a nuestra sombra, a nuestro lado más oscuro), la parte de nosotros que nos permite sentirnos hermanados con otros y responsables tanto de nuestro cuerpo como de un planeta que hemos convertido en basurero.

Consciencia de separación

No sé si puedo adherir a la creencia de que somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. Para mí, este sería un postulado lineal. Implicaría aceptar una separación artificial entre aspectos físicos y espirituales de nuestro ser, siendo que ambos son parte de un todo. El problema es esta conciencia de separación y fragmentación que mantenemos. Creemos que o somos luz o somos sombra, que si no eres mi amigo, por fuerza has de ser mi enemigo, que si estoy en lo correcto, tú estás equivocado. Pero, ¿qué tal mirar al mundo desde una perspectiva dialéctica?

Otros lo han intentado y no voy a citar a Hegel o a Marx, sino a un escritor: Khalil Gibran y su obra maestra, El Profeta, o a un prolífico poeta: Rabindranath Tagore, porque ambos entendieron nuestra dualidad, la dialéctica de la vida que explica la alegría como un aspecto de la tristeza, por ejemplo. Ambos se sentaron con adultos y jóvenes, con personas de diversas procedencias y creencias, de desigual educación y riqueza material. Pensaron la fuerza en función de la unión de voluntades, no como una competencia donde siempre hay ganadores y derrotados. Los enemigos de la paz, al fin y al cabo, los enemigos del amor, los enemigos de la prosperidad general, son, al final, solo un puñado de poderosos que aniquilan física, emocional y mentalmente a las grandes mayorías.

También tengo problemas creyendo que estamos en este mundo para aprender y evolucionar… Si somos parte del todo, eso que suele llamarse alma ya lo tiene todo, lo sabe todo. Y me gusta pensar que la materia de la que está hecho el universo es el amor como un algo que aglutina, une, crece, y que nuestra existencia es una embarcada en una aventura fantástica. Sí, ¿por qué no? Habitar un cuerpo puede ser parte de una aventura, que, para esa parte del ser que aún no hemos desentrañado, no está hecha de materia mensurable (la conciencia) y que sería imposible experimentar si no fuera por su aspecto físico.

Esa aventura nos hace cada vez más conscientes de nuestra totalidad.

Una cuestión de poder

Cuando leí a Richard Bach por primera vez, no buscaba una respuesta, pero su explicación de por qué nos enojamos me tocó una fibra sensible. ¿Podrá ser? Siempre existe, decía, una cuestión de poder detrás de nuestro enojo. Por muchos años, puse a prueba esa hipótesis y, al menos para mí, funcionaba como explicación, así que la compartí con otros. Me fui dando cuenta de que, cuando me enojaba con, por ejemplo, esa persona que no brindaba un buen servicio al cliente por teléfono, mi enojo respondía a un sentimiento de “¿quién se cree que soy? ¿No puede darse cuenta de que no soy una tonta? ¿Por qué me habla como si yo no supiera nada del tema que le estoy consultando?”

Pero, ¿y los asuntos familiares? ¿Por qué nos enojamos con las personas que amamos? ¿Realmente nos involucramos en luchas de poder con ellas? A veces, la respuesta parecía ser un sí rotundo, así que adopté esa respuesta sin cuestionarla.

Más tarde, los escritos de Don Miguel Ruiz me ofrecieron otra perla de sabiduría. Nos enojamos, le oí decir en una presentación en el sur de Florida, porque nos lo tomamos como algo personal, como un ataque. ¿No es así? ¡Quizás!

Allí estaba yo, probando la nueva hipótesis, combinándola con la anterior, tratando activamente de saber la verdad. Sin embargo, solo recientemente caí en la cuenta de que el enojo debe estar relacionado con el amor o la falta de él.

Comencé a notar que el enojo podía estar relacionado con que el otro no me apreciaba y lo contrario del aprecio es… el menos-precio. El enojo estaba relacionado con lo que consideramos nuestra valía.

Y había algo más: mi reacción a la falta de amabilidad del otro me alertó sobre el hecho de que necesitaba sentirme amada y, cuando alguien era injusto, odioso, indiferente o prepotente conmigo, no me sentía apreciada. Ello me desequilibraba.

Pero, ¿de dónde proviene esa suposición de que debo ser apreciada?

¿Tiene que ver con problemas no resueltos de mi pasado? O simplemente con que vivimos en un mundo jerarquizado donde nos colocamos permanentemente en escalas: Los inteligentes y los brutos. Los estudiados y los ignorantes. Los ricos y los pobres. Los que tienen poder y los desempoderados.

Y, sin embargo, tengo la percepción de que existe una parte de mí que solo conoce el amor (el amor por el trabajo, por el planeta, por los otros seres, humanos o no, por la ciencia, por el saber, por la poesía). Es mi parte más humana la que conoce algo más. Lo que nos revienta, separa y pone a rivalizar, es el miedo. Una sociedad que hemos construido sobre la base de la codicia de poder y de riqueza.

Sin embargo, la experiencia de la falta de amabilidad también me sirvió de espejo –un descubrimiento más o menos reciente: veo mi propia incapacidad de amar a los demás incondicionalmente, de aceptarlos totalmente como son. Este descubrimiento me entristeció profundamente.

No pierdo la esperanza de que, al tomar conciencia de esto, pueda trabajar en ello de manera efectiva.

Anger, the deadliest sin

By Silvia Casabianca

You may remember. In 2007, we were shocked with the news:

A Southcorean, “Seung-Hui Cho, 23, an English major, killed 32 people and committed suicide at Virginia Polytechnic Institute and State University in the deadliest shooting rampage in modern U.S. history.”

As we were reminded by this deadly event, anger has the power to ruin families and lead humans to committing unthinkable acts.

In the aftermath of killings like this one, full-size WHYs hammer our mind. Seung-Hui Cho killed his mates without a word of warning. He had enough cold blood to leave the campus after killing two, email his videos and come back to continue with the killings on campus. Do we need to ask why? 

It’s easy to excuse ourselves from any responsibility here by saying that this man was sick, that his classmates “innocently” tormented him because of his bizarre behavior and that they could not have anticipated the impact of the bullying on him or that the real origin of his mental health symptoms was in the poisonous effects of chemicals from his family’s dry cleaning business.

In a public statement, his sister said that his family, “never could have envisioned that he was capable of so much violence.”

Why not?

How is it possible that not one single person perceived the magnitude of the anger Cho had bottled in, anger which ended in such a fatal episode? Maybe we have learned to view anger as an inevitable part of life, a human “nature” feature, an emotion that does not necessarily need to be overcome, and that many even accept and justify presenting us with the image of a biblical wrathful Jehovah, or of a loving Jesus who was still capable of enough ire to whip merchants out the Temple.

However, we know better. And from this painful lesson and the many more mass killings that have happened since, we may learn that it would do a lot more good to our society if people understood God and Jesus as synonyms of joy and love and compassion.

Why was Cho so lonely that nobody helped him overcome his anger, calm his fears, resolve his hatred? After the killings, it is difficult to say that it was “none of our business.” We won’t be the same after mass murders happen. It is our business.

In addition to the profound compassion that I feel for the families and friends of those sacrificed in mass killings, at the level of my soul I feel also a deep compassion for people like Cho, a person who seemingly lived a tortured life, and I pledge to advocate not only for a zero-tolerance-to-violence society but for a zero-tolerance-to-indifference world.

These events might not be part of our conversations after a few weeks, but they will not easily be forgotten. We might choose to forgive the murderers and question the responsibility of those who couldn’t prevent the tragedy. However, I am aware that nothing positive would come from hating a murderer or just pointing fingers.

Of course, the above are not the only questions that came to mind.

If, from a spiritual standpoint, we are all one, what is our responsibility in this situation, as a society?  “We fell down with everyone in that classroom,” a blogger said referring to the victims of the VA killings, and I share the feeling. Let the questioning that seek explanation to delayed warnings and delayed response to the threats be.

I comfort myself after such sad days thinking that after a terrible act of violence like this strikes our hearts, it, extraordinarily enough, also opens the gates to appreciating life in its fullest (imagine what those who were spared feel now!), to reflecting on contributing to building a compassionate society, of learning and teaching socioemotional skills at home and in schools.

Let’s take a moment each day to express our love to our fellow humans who are mourning dear ones after these tragedies occur, including the family of the gunmen. And then, take another moment to feel our responsibility to promote a world where we truly support each other.

Is narcissism fueling racism?

Is our racism fueled by narcissism? This is a time where we need to educate ourselves, strive to understand, use empathy to grasp what living in someone else’s skin means.

I’m throwing the question there, like bait, wishing someone will help me answer it. The question would not have much transcendence if it were not because many of the ills of humanity in the present are due to this plague, characterized by the incapacity to feel the pain of others.

BLM Vigil
Credits: https://blacklivesmatter.com/now-we-transform/

If narcissists lack something, it is empathy. They cannot connect with the feelings of others; they cannot grasp other people’s inner world. In the United States, it is essential to become “the” Number One, defeat a rival, earn more, be more productive, be famous, and the consequence is that more than anywhere else, but not exclusively, narcissism is becoming widespread. Narcissism and individualism are close cousins. The fact that the Times magazine called the Millenials the “Me me me” generation is not an accident. Neoliberalism feeds this trend. A neoliberal logic calls for a growing personal responsibility and discounts the solidary responsibilities of the state or the significance of social justice issues

It is reflected in the way we educate children, the way parents raise them, the undeserved praise we provide them? Is it a matter of intellectual rigidity where we cannot see beyond our limited experience and what we believe (or were told) is true?

As I see protesters all around the United States (and the world) marching in solidarity with the Black Lives Matter movement, as I see workers protesting and demanding fair wages, I also see the faces of hundreds of people who have no clue about what these protests are about. People who cannot understand what being a black person or living on less than a minimum wage means.

Racism is such that the actual color of the skin, the social status, the level of education doesn’t really matter if you’re not one of them. I have been called a “coloured” person because I come from a South American country (even if my skin color is rather milky white) and the medical degree I earned there, a white male Republican illustrated to me, is not as good and respectable as if I had earned it in this country!

I had to educate myself to understand that I can’t–and probably will never be able to–fully grasp what the experience of a “coloured person” is in this country.

I can say, though, that it requires empathy to step out of our comfortable places and get into someone else’s shoes. Narcissism is thinking we are better, we know better, and others should just be just like us.

I have often heard that if someone does not have a better life, they have not tried hard enough. Those who adhere to this theory are probably oblivious to the history of white supremacy, slavery, feudalism, capitalism, supremacy, and privilege. Will learning about the suffering black people endured while working to build the wealth of others allow us to be more empathetic? If not, what would?

Conscious evolution from fear to solidarity

How do we responde to stress or fear? We have choices but we need to learn how to regulate emotions and become more compassionate.

Dr. Silvia Casabianca argues that humans are hardwired for empathy, love and compassion. These gifts reside in our genes, our physiology, our chemistry, and they can be nurtured and developed. They can be harnessed and used to solve many of the problems we struggle with-from the interpersonal to the geopolitical. Millennia of human experience have led us to this moment when we are perhaps finally ready to embrace, and enact our true, loving nature. The coronavirus pandemic provides us with an opportunity to rethink the way we live, to appreciate what we have instead of craving for what we don’t have. This might be an opportunity to become more aware of how crucial relationships are and that we’re so interconnected that what I do, can affect everybody else. Go to www.SilviaCasabianca.com or buy her book in Amazon: https://tinyurl.com/ydy6eljm

We’re wired for love but humans have created stratified societies that enhance competition over cooperation and having over just being.   The coronavirus pandemic provides us with an opportunity to rethink the way we live, to appreciate what we have instead of craving for what we don’t have. This might be an opportunity to become more aware of how crucial relationships are and that we’re so interconnected that what I do, can affect everybody else.  
We often fail to embrace our common humanity or commit to our common destiny with full responsibility.   It often takes a crisis, an epidemic, a recession, an earthquake, a hurricane, to activate what Shelly Taylor called our tend-and-befriend response.   But if we learn new parenting and education modalities that take into account our human potential for empathy, compassion and solidarity, we will become equipped to solve the most pressing problems humanity and our planet face.

Our foremost asset is that we’re born hardwired for empathy, compassion, and love even if the current state of affairs in the world often seems to contradict this assertion.  

Many of our problems come from the way we learn to respond to fear or perceived threats in the environment without consciously assessing them first. In other words, we have not learned to regulate emotions, we respond automatically. This is mostly because our educational and parenting models are centered on modifying children’s behavior instead of promoting autonomy, self-compassion, and empathy.

EVOLVING in times of the Coronavirus pandemic

Coronavirus pandemic tests the capacity of the world leaders to manage a crisis.

© FT montage; AFP/Getty Images

“We have to change our everyday lives — not gradually, but right now,” German President Frank-Walter Steinmeier said. Germany has shown an exemplary management of the Coronavirus pandemic.

I honestly feel unqualified to talk about compassion during this Coronavirus pandemic. My perspective about the illness, the role leaders play in a world emergency, has changed since we first learned about the Coronavirus.

I have been upset, worried, uncomfortable, a loud critic during the month or so since we started to realize that we were not safe from the spread of this virus. Many things have crossed my mind. For example, I have thoughts of nature taking revenge on us for the little care with which we treat it. It’s decimating the population of the most destructive creature that has ever inhabited Earth, I thought.

Then I found myself inclined to believe some of the conspiracy theories. We’ve gotten so mistrustful of “leaders” driven by greed, that it was difficult not to start looking around to see who is benefiting from the epidemic so that we can place blame on someone, or something.

I was troubled by some people’s carelessness also. But I was myself being careless. I thought I was healthy, had no symptoms, and could wander around with little risk. Then I read about the healthcare practitioners begging us to help them “flatten the curve.” I realized our carelessness could contribute to unconsciously made the epidemic worst.

And, of course, I blamed the ineptitude of the president of this proud country. It hit me that there are so many people who do not believe in science, who render the US weak in front of the epidemic and who would say anything, no matter how inaccurate or false, to blame an opponent, to capitalize the moment politically.

However, the most striking realization was to remember that I used to believe in the mighty power of the US. This country is no longer the vanguard, it does not make alliances with other countries, and pride has consumed the nation and its leaders into odious selfishness that, in the case or coronavirus, can prove deadly. The US administration no longer works side to side with world organizations like the World Health Organization to coordinate efforts to alleviate the burden of this health event. Nationalism in the times of globalization proves its weakness and its wickedness. People and countries cannot be global to profit, and then not global when compassion and solidarity are needed.

Disconnected from the other

The main point about civility is…the ability to interact with strangers without holding their strangeness against them and without pressing them to surrender it or to renounce some or all the traits that have made them strangers in the first place.

—Zygmunt Bauman

The media constantly inform us about acts of terrorism, wars, people displaced by violence, refugees, famines, natural calamities, human and drug trafficking, mass lay-offs, corporations that sink overnight or merge to form larger and frighteningly powerful entities. All of these are symptoms and consequences of our disconnection as humanity.

In January 2018, the prime minister of the United Kingdom, Teresa May, created a new position, a Ministry of Loneliness. More than nine million people in the UK suffer, either occasionally or permanently, from loneliness, according to a report published by the Jo Cox Commission on Loneliness. And loneliness seems, more than anything, the product of our inability to connect with others.

We’re not only isolating ourselves, we’re regrouping.

Armed with recent demographics, journalist Bill Bishop published The Big Sort:Why the Clustering of Like-Minded America Is Tearing Us Apart. (First Mariner Books, 2009). When he looked at the electoral results of the last thirty years, he observed that Americans have grouped by class, skin color, and beliefs in increasingly homogeneous communities. This has happened not only at the region or state level, but by city and even neighborhood. His data has been confirmed by other reporters, such as Corey Lang and Shanna Pearson-Merkowitz of the UK,[1] who also predict that this tendency toward segregation will be generalized along party lines. People are choosing neighborhoods (and churches and news programs) that are compatible with their lifestyles and beliefs. This type of grouping prevents the new generations from being exposed to different opinions and views of the world. The phenomenon is happening throughout the nation. For example, in rural West Texas, a fifty-acre community development  (Paulsville) was created in 2008 to provide homes exclusively for followers of then libertarian presidential candidate Ron Paul.

Bill Bishop suggests that the outcome of this trend has been a notoriously dangerous polarization of the population, a decline in tolerance, and an increase in extremism.

Facebook designs algorithms that select what’s displayed in my wall and shown to my friends and family. Other algorithms will get me to see more posts from people who think like me and fewer from those who have different opinions, or more personal comments and pictures, than any political news I’d like to share. My followers and the people who like or click on my posts back my opinions, but my posts rarely reach those who think differently. The balkanization of social media or splinternet––meant to block, filter, or redirect certain topics––causes us to live in separate microcosms, with narrower visions. It denies us the opportunity of enriching ourselves with differing ways of seeing the world. It has become a political instrument to perpetuate power in the hands of a few.

In a sociopolitical climate of constant change, corruption in the highest spheres, mutual distrust, and unrelenting competition, we feel easily judged, criticized, and excluded. This also constitutes an obstacle when trying to connect with others. I distrust others because I suspect they want what I have (my money, my partner, my position at work, my influence). Since others have abused me in the past, betrayed me, abandoned me, rejected me, I can’t expect otherwise. In the midst of this mistrust, I keep my guard up. I don’t show my vulnerability. I choose not to connect with those different from me but to group with like-minded people. The paradox is that vulnerability actually connects us, humanizes us. We need to change the paradigm that the intellect is what makes us strong. True strength doesn’t come from our physical bodies and brains, which inevitably deteriorate, but from experiences and feelings that eventually make us capable of empathy and prompt our indignation about social injustice or ignorance and ambition. We all have a soft side, and that’s just fine. We are yin; we are yang.


[1] The LSE US Centre’s daily blog on American Politics and Policy (online).