La razón de nuestro enojo

Dr. Silvia Casabianca

Advertencia: hablo en primera persona.

Parto de la creencia de que cada uno de nosotros es único y que mis experiencias y conclusiones pueden no ser aplicables a los demás. La ventaja de hablar en primera persona es que no me da vergüenza revelar mi sombra. Quizás esto invite a otros, a veces, a juzgarme, y su juicio se basará en el hecho de que, además (o a pesar) de haber obtenido dos doctorados y de haber estudiado materialismo histórico y dialéctico, he practicado y enseñado también filosofías orientales que encuentro fascinantes y holísticas. Entre ellas, dos prácticas de medicina energética: una japonesa, llamada Reiki y otra china, llamada Chi Kung médico. Y he recorrido un camino que se puede llamar espiritual desde que tengo conciencia propia.

Predico que debiéramos amarnos los unos a los otros con la consciencia de que es imposible amar a un opresor y que la opresión es el principal obstáculo para la empatía y la compasión. Escribo sobre un Homo Amandi, un ser ideal hacia el que podemos evolucionar conscientemente, si no destruimos primero el planeta. Pero, entonces, ¿cómo explicar que no he logrado pulir mi lado “feo”?

Siendo humanos, no creo que logremos algún día abstraernos de la sociedad o aniquilar el ego. Ni siquiera creo que debamos deshacernos de él. El llamado ego (el de Freud o el de Lacan o el de uso cotidiano) juega un papel regulador de nuestra dimensión física. Si bien es cierto que nos causa muchos problemas, estamos a salvo cuando logramos habitar también ese aspecto nuestro que a veces conocemos como alma (no una que se salva y se va al cielo o el infierno, sino el alma entendida como ese aspecto luminoso en nosotros que logra sobreponerse a nuestra sombra, a nuestro lado más oscuro), la parte de nosotros que nos permite sentirnos hermanados con otros y responsables tanto de nuestro cuerpo como de un planeta que hemos convertido en basurero.

Consciencia de separación

No sé si puedo adherir a la creencia de que somos seres espirituales viviendo una experiencia humana. Para mí, este sería un postulado lineal. Implicaría aceptar una separación artificial entre aspectos físicos y espirituales de nuestro ser, siendo que ambos son parte de un todo. El problema es esta conciencia de separación y fragmentación que mantenemos. Creemos que o somos luz o somos sombra, que si no eres mi amigo, por fuerza has de ser mi enemigo, que si estoy en lo correcto, tú estás equivocado. Pero, ¿qué tal mirar al mundo desde una perspectiva dialéctica?

Otros lo han intentado y no voy a citar a Hegel o a Marx, sino a un escritor: Khalil Gibran y su obra maestra, El Profeta, o a un prolífico poeta: Rabindranath Tagore, porque ambos entendieron nuestra dualidad, la dialéctica de la vida que explica la alegría como un aspecto de la tristeza, por ejemplo. Ambos se sentaron con adultos y jóvenes, con personas de diversas procedencias y creencias, de desigual educación y riqueza material. Pensaron la fuerza en función de la unión de voluntades, no como una competencia donde siempre hay ganadores y derrotados. Los enemigos de la paz, al fin y al cabo, los enemigos del amor, los enemigos de la prosperidad general, son, al final, solo un puñado de poderosos que aniquilan física, emocional y mentalmente a las grandes mayorías.

También tengo problemas creyendo que estamos en este mundo para aprender y evolucionar… Si somos parte del todo, eso que suele llamarse alma ya lo tiene todo, lo sabe todo. Y me gusta pensar que la materia de la que está hecho el universo es el amor como un algo que aglutina, une, crece, y que nuestra existencia es una embarcada en una aventura fantástica. Sí, ¿por qué no? Habitar un cuerpo puede ser parte de una aventura, que, para esa parte del ser que aún no hemos desentrañado, no está hecha de materia mensurable (la conciencia) y que sería imposible experimentar si no fuera por su aspecto físico.

Esa aventura nos hace cada vez más conscientes de nuestra totalidad.

Una cuestión de poder

Cuando leí a Richard Bach por primera vez, no buscaba una respuesta, pero su explicación de por qué nos enojamos me tocó una fibra sensible. ¿Podrá ser? Siempre existe, decía, una cuestión de poder detrás de nuestro enojo. Por muchos años, puse a prueba esa hipótesis y, al menos para mí, funcionaba como explicación, así que la compartí con otros. Me fui dando cuenta de que, cuando me enojaba con, por ejemplo, esa persona que no brindaba un buen servicio al cliente por teléfono, mi enojo respondía a un sentimiento de “¿quién se cree que soy? ¿No puede darse cuenta de que no soy una tonta? ¿Por qué me habla como si yo no supiera nada del tema que le estoy consultando?”

Pero, ¿y los asuntos familiares? ¿Por qué nos enojamos con las personas que amamos? ¿Realmente nos involucramos en luchas de poder con ellas? A veces, la respuesta parecía ser un sí rotundo, así que adopté esa respuesta sin cuestionarla.

Más tarde, los escritos de Don Miguel Ruiz me ofrecieron otra perla de sabiduría. Nos enojamos, le oí decir en una presentación en el sur de Florida, porque nos lo tomamos como algo personal, como un ataque. ¿No es así? ¡Quizás!

Allí estaba yo, probando la nueva hipótesis, combinándola con la anterior, tratando activamente de saber la verdad. Sin embargo, solo recientemente caí en la cuenta de que el enojo debe estar relacionado con el amor o la falta de él.

Comencé a notar que el enojo podía estar relacionado con que el otro no me apreciaba y lo contrario del aprecio es… el menos-precio. El enojo estaba relacionado con lo que consideramos nuestra valía.

Y había algo más: mi reacción a la falta de amabilidad del otro me alertó sobre el hecho de que necesitaba sentirme amada y, cuando alguien era injusto, odioso, indiferente o prepotente conmigo, no me sentía apreciada. Ello me desequilibraba.

Pero, ¿de dónde proviene esa suposición de que debo ser apreciada?

¿Tiene que ver con problemas no resueltos de mi pasado? O simplemente con que vivimos en un mundo jerarquizado donde nos colocamos permanentemente en escalas: Los inteligentes y los brutos. Los estudiados y los ignorantes. Los ricos y los pobres. Los que tienen poder y los desempoderados.

Y, sin embargo, tengo la percepción de que existe una parte de mí que solo conoce el amor (el amor por el trabajo, por el planeta, por los otros seres, humanos o no, por la ciencia, por el saber, por la poesía). Es mi parte más humana la que conoce algo más. Lo que nos revienta, separa y pone a rivalizar, es el miedo. Una sociedad que hemos construido sobre la base de la codicia de poder y de riqueza.

Sin embargo, la experiencia de la falta de amabilidad también me sirvió de espejo –un descubrimiento más o menos reciente: veo mi propia incapacidad de amar a los demás incondicionalmente, de aceptarlos totalmente como son. Este descubrimiento me entristeció profundamente.

No pierdo la esperanza de que, al tomar conciencia de esto, pueda trabajar en ello de manera efectiva.

Author: Silvia Casabianca

I graduated as a medical doctor in Colombia. After practicing for two decades, I got an MA in Art Psychotherapy and have been a psychotherapist since. I live in Florida, got a Doctorate in Education during the pandemic, and now I am retired. I'm a published author and an educator.