Dueños de este mundo globalizado

Por Silvia Casabianca

El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman, fallecido a comienzos del 2017, se pronunció sobre la fragilidad de los vínculos entre humanos en tiempos de inseguridad, típica de este mundo constantemente cambiante y globalizado. En esta vida moderna caracterizada por su liquidez (fluidez) no existen vínculos permanentes, todos los acuerdos son temporales, decía Bauman, y el lazo que ate cualquier vínculo debe dejarse suficientemente suelto para que pueda
desamarrarse de nuevo, tan pronta y fácilmente como sea posible, si las circunstancias cambian.

La polarización creciente

Bauman fue uno de los ideólogos que alentaron el movimiento de oposición contra el G-20 con sus prolíficos escritos (60 libros) sobre el cambio constante: la variación en modas e intereses, de sueños y de miedos; cambios en las relaciones, en las identidades y en la economía global. El alertó sobre el poder de las corporaciones. Se refirió a la polarización creciente entre las élites y el resto de la población y al desinterés del público por el destino y situación de millares de personas que hoy viven en condiciones infrahumanas. Anticipó también cómo la disputa por el control de los mercados mundiales afectaría la suerte de las poblaciones e individuos más vulnerables.
Vale preguntar si nos hemos desensibilizado frente a las tragedias que suceden en otros rincones del mundo. ¿Dónde está nuestra empatía, nuestra solidaridad?

Bauman y otros opositores del G-20 han protestado ante el hecho de que un puñado de burócratas y de jefes de Estado se arroguen el derecho a tomar las decisiones sobre el destino de millones de seres humanos y, además, impongan coercitivamente dichas decisiones. En resumidas cuentas, se oponen a que el modelo patriarcal se extienda a las relaciones de poder a nivel mundial. El Grupo de los 20 (G-20) está constituido por los 19 países más ricos del mundo y la Unión Europea. Es un foro que plantea como su objetivo la consulta y colaboración entre países miembros y discute temas relacionados con el sistema financiero internacional, especialmente la relación entre países industrializados y economías emergentes, según dicen, para garantizar la estabilidad financiera internacional.
Aunque este grupo de ricas naciones se presenta como modelo de preocupación por el destino del mundo, el acceso al agua y la comida, el medio ambiente y la amenaza nuclear, los opositores del G-20 consideran que este no está precisamente movido por razones altruistas. Por el contrario, el G-20, dicen, se parece más bien a una congregación de depredadores complotando la repartición de la riqueza y el acceso a los recursos que todavía quedan en el mundo. No se trata de un grupo creado para escuchar a las naciones pobres ni para explorar sus necesidades únicas y no tiene entre sus objetivos el respetar su legado cultural o su idiosincrasia. Aunque se presenten como redentores y hablen extensamente del Acuerdo de París y la importancia de proteger el medioambiente y el planeta, la preocupación de fondo parece más bien
orientada a asegurar el control del mercado de las soluciones sostenibles cuando, dados los retos que presenta el consumo de combustibles fósiles en tiempos del calentamiento global, estas se conviertan inevitablemente en el gran negocio del siglo XXI.
Cuando las naciones del mundo se ven abocadas a competir por los recursos y el poder en lugar de ejercitar su prerrogativa soberana para desarrollar formas de vida basadas en la autodeterminación, la asociación voluntaria y la coexistencia pacífica, nadie gana. Ni siquiera ganan los países más poderosos de la tierra, declaran los opositores del G-20.

Los responsables
¿A qué, o a quiénes, debemos la crisis financiera, el calentamiento global, la violencia étnica, la crisis de los refugiados? ¿En manos de quién o mejor, de quiénes, está concentrado el poder en este planeta? ¿Y, cuáles son los verdaderos motivos que guían las acciones del Grupo de los 20 que pretende jugar el papel de redentor?
La competencia es a muerte por controlar los medios de comunicación y los recursos naturales. En este contexto la palabra democracia pierde contenido, pero gana en cambio terreno el populismo, porque hay que mantener la ilusión de que los gobernantes representan los intereses y la voz del pueblo y es necesario abanderar una libertad y una fraternidad que no existen.
Para Zygmunt Bauman, la libertad tiene un significado diferente al que comúnmente se le asigna. En su libro Freedom (Libertad), publicado en 1988 por la Universidad de Minnesota, el sociólogo considera que la libertad no existe como condición universal, sino que la sociedad moderna creó un concepto de libertad ligado al poder y al privilegio. Esto se evidenciaría en el hecho de que la libertad de unos se consigue a expensas de la falta de libertad de otros (caso del prisionero frente a los guardas, el trabajador frente a su patrón), los gobiernos se dan el lujo de otorgar o restringir libertades y, en un sistema donde prima el individualismo, la perspectiva del hombre cambia en cuanto a su responsabilidad para con sus semejantes y con su comunidad, con la colectividad y hacia sí mismo.
En este contexto, es la indignación empática, que nos hace desear que los culpables de este desastroso estado de cosas en el mundo paguen por las consecuencias de sus acciones.
Si no se respeta el derecho a la autodeterminación de los pueblos –irrespetarla es un gesto de agresión– existirá siempre un germen de indignación y aún, de violencia. Si no se promueve la coexistencia pacífica, la colaboración y la asociación voluntaria, no existirán empatía, compasión o solidaridad y ni siquiera verdadero progreso para nadie.

La disputa por el dominio de los recursos naturales en un mundo sobrepoblado genera guerras, invasiones e innumerables tragedias humanas. Basta observar el sufrimiento psicológico de los niños expuestos a los horrores de la guerra. O los miles de jovencitos reclutados para guerrear o forzados a cometer atentados suicidas. Los múltiples éxodos, el creciente número de refugiados, las condiciones en los campamentos donde se alojan, la escasez de recursos para quienes le
huyen a la guerra, son testimonio suficiente para corroborar que no vamos por el camino de la solidaridad; al contrario, transitamos por el camino equivocado.

Is narcissism fueling racism?

Is our racism fueled by narcissism? This is a time where we need to educate ourselves, strive to understand, use empathy to grasp what living in someone else’s skin means.

I’m throwing the question there, like bait, wishing someone will help me answer it. The question would not have much transcendence if it were not because many of the ills of humanity in the present are due to this plague, characterized by the incapacity to feel the pain of others.

BLM Vigil
Credits: https://blacklivesmatter.com/now-we-transform/

If narcissists lack something, it is empathy. They cannot connect with the feelings of others; they cannot grasp other people’s inner world. In the United States, it is essential to become “the” Number One, defeat a rival, earn more, be more productive, be famous, and the consequence is that more than anywhere else, but not exclusively, narcissism is becoming widespread. Narcissism and individualism are close cousins. The fact that the Times magazine called the Millenials the “Me me me” generation is not an accident. Neoliberalism feeds this trend. A neoliberal logic calls for a growing personal responsibility and discounts the solidary responsibilities of the state or the significance of social justice issues

It is reflected in the way we educate children, the way parents raise them, the undeserved praise we provide them? Is it a matter of intellectual rigidity where we cannot see beyond our limited experience and what we believe (or were told) is true?

As I see protesters all around the United States (and the world) marching in solidarity with the Black Lives Matter movement, as I see workers protesting and demanding fair wages, I also see the faces of hundreds of people who have no clue about what these protests are about. People who cannot understand what being a black person or living on less than a minimum wage means.

Racism is such that the actual color of the skin, the social status, the level of education doesn’t really matter if you’re not one of them. I have been called a “coloured” person because I come from a South American country (even if my skin color is rather milky white) and the medical degree I earned there, a white male Republican illustrated to me, is not as good and respectable as if I had earned it in this country!

I had to educate myself to understand that I can’t–and probably will never be able to–fully grasp what the experience of a “coloured person” is in this country.

I can say, though, that it requires empathy to step out of our comfortable places and get into someone else’s shoes. Narcissism is thinking we are better, we know better, and others should just be just like us.

I have often heard that if someone does not have a better life, they have not tried hard enough. Those who adhere to this theory are probably oblivious to the history of white supremacy, slavery, feudalism, capitalism, supremacy, and privilege. Will learning about the suffering black people endured while working to build the wealth of others allow us to be more empathetic? If not, what would?

Conscious evolution from fear to solidarity

How do we responde to stress or fear? We have choices but we need to learn how to regulate emotions and become more compassionate.

Dr. Silvia Casabianca argues that humans are hardwired for empathy, love and compassion. These gifts reside in our genes, our physiology, our chemistry, and they can be nurtured and developed. They can be harnessed and used to solve many of the problems we struggle with-from the interpersonal to the geopolitical. Millennia of human experience have led us to this moment when we are perhaps finally ready to embrace, and enact our true, loving nature. The coronavirus pandemic provides us with an opportunity to rethink the way we live, to appreciate what we have instead of craving for what we don’t have. This might be an opportunity to become more aware of how crucial relationships are and that we’re so interconnected that what I do, can affect everybody else. Go to www.SilviaCasabianca.com or buy her book in Amazon: https://tinyurl.com/ydy6eljm

We’re wired for love but humans have created stratified societies that enhance competition over cooperation and having over just being.   The coronavirus pandemic provides us with an opportunity to rethink the way we live, to appreciate what we have instead of craving for what we don’t have. This might be an opportunity to become more aware of how crucial relationships are and that we’re so interconnected that what I do, can affect everybody else.  
We often fail to embrace our common humanity or commit to our common destiny with full responsibility.   It often takes a crisis, an epidemic, a recession, an earthquake, a hurricane, to activate what Shelly Taylor called our tend-and-befriend response.   But if we learn new parenting and education modalities that take into account our human potential for empathy, compassion and solidarity, we will become equipped to solve the most pressing problems humanity and our planet face.

Our foremost asset is that we’re born hardwired for empathy, compassion, and love even if the current state of affairs in the world often seems to contradict this assertion.  

Many of our problems come from the way we learn to respond to fear or perceived threats in the environment without consciously assessing them first. In other words, we have not learned to regulate emotions, we respond automatically. This is mostly because our educational and parenting models are centered on modifying children’s behavior instead of promoting autonomy, self-compassion, and empathy.